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“Elegí la vida”

Comunicación y Estudios Sociales

“Elegí la vida”

Por Francisco Capurro Robles y Matías Blasco

Elegí tu propia distopía. Agregale algunas escenas vistas mil veces en las producciones cinematográficas fogoneadas por Hollywood, y listo. Mientras tanto, mantené una rutina todos los días: comé sano, seguí haciendo deporte, medí tus calorías, tomá mucha agua, multiplicá por cien tus mensajes y videollamadas con tus familiares, amigos y colegas de trabajo. Mantené la mente sana, no mires noticieros, aprovechá para leer grandes clásicos de la literatura, terminá el libro que nunca empezaste, limpiá la casa, lavate las manos, ponele lavandina a cosas, aprendé a hacer yoga, bañate, vestite como si fueras a salir, aprendé a tocar un instrumento, cociná recetas nuevas, innová, pasá más tiempo con tus hijos, ordená los cajones que acumulan basura nostálgica hace años, pintá ese mueble viejo. 

Nos pasamos los días con mensajes como éste: “Elegí la vida” -símil Danny Boyle en Trainspotting-. La salida a la crisis sanitaria que vive el mundo se parece cada vez más al estilo de seducción de alguno de los representantes del ecologismo mainstream, en los que el mensaje ubica la responsabilidad en los individuos y su estricto cumplimiento del aislamiento. Judith Butler lo llama Responsabilización, y la sociedad le responde transmitiendo en vivo sus “playing for change” y teletones. La responsabilidad individual parece primar por sobre la estructura.

Quién le ganará al virus es la otra gran oferta de consumo y la apuesta de filósofos, analistas e influencers digitales. Urge el apuro para imaginar un futuro próximo y su instantánea capacidad para postular teorías de blanco y negro: Capitalismo versus comunismo, Estado versus mercado, Fe en algún dios versus solidaridad global. Todos necesitan un triunfador al final de este túnel (sic). 

En el último mes de construcción de alguna compuerta mental que nos libere de la angustia de predecir el futuro, proliferaron muchas respuestas a preguntas que aún no fueron realizadas. La excepción al tono de “elegí la vida” que intentaremos formular será través del ejercicio de hacernos preguntas sin necesidad de que sean contestadas, puesto que después de tantas lecturas ya no se sabe quién le está arrimando el bochín al futuro o quién está tratando de sacar una ventaja o hacer un negocio. 

Se plantea así una dificultad supina en el escenario político argentino: resolver cómo el Estado podrá dar respuesta a los efectos desastrosos de la pandemia en términos económicos con un ojo puesto en los sectores populares y otro, en los sectores medios que hasta el día de hoy parecen no tener en claro las consecuencias generadas por el coronavirus. Pretender que el mundo siga siendo tal cual lo dejamos antes del aislamiento es un acto de negación y de privilegio imposible de sostener en el nuevo tiempo.

Imagine

Live from Punxsutawney, Pennsylvania: La marmota aún no ha salido. En el guión original Phil Connors queda atascado 10 mil años repitiendo el día. Está mal, pero no tan mal.

Mientras los optimistas anuncian grandes transformaciones en el rol de los Estados, el cuidado del ambiente, la forma en que nos vincularemos en pareja, familia y comunidad, etcétera; hay otros que afirman que la transformación devendrá en sistemas de control más estrictos, cerrados y represivos. El camino del medio se propone un nuevo tipo de capitalismo humanista que se relacione de forma armoniosa con el ambiente y el desarrollo productivo, que pueda pensar de manera solidaria y por sobre todo, incluya a todos los que el sistema ha expulsado como descarte.

En este contexto de presente continuo y realidad suspendida nuestra intención es más bien afinar las preguntas y plantear futuros posibles. ¿Existe una relación entre los liderazgos políticos y la propagación y contención del virus? ¿Las sociedades buscan líderes técnicos, de consenso o totalitarios? ¿Es un escenario apto para discutir el Ingreso Universal? ¿El escenario político en Argentina permite implementar un modelo de desarrollo productivo distinto? ¿Habrá más concentración o mayor distribución de la riqueza? ¿Estamos preparados para las consecuencias de la brutal aceleración operada en el mundo del trabajo y la educación? ¿Se está refundando un nuevo modelo económico global? ¿Vamos hacia una sesión de datos biológicos en pos de la seguridad? ¿Cómo será la convivencia entre virtualidad y espacio público? 

Pero esto también es adelantarse. Antes que nada: ¿cuánto tiempo más vamos a estar encerrados? La transición hacia el fin del aislamiento está llegando. Podemos estar juntos, pero separados.

En muchos países asiáticos, el aislamiento social ya era un problema antes del virus. En Japón, existe un servicio por el cual es posible pagar para recibir abrazos. Algunos estudios sobre los efectos de las redes sociales y los vínculos familiares y sociales mencionan hace años al distanciamiento social como uno de los problemas más graves que genera la adicción al like. Las computadoras hacen todo mucho más rápido que nosotros. Cada vez son más veloces, modernas, poderosas y pequeñas. Nosotros seguimos ahí, envejeciendo.

No son fenómenos nuevos para esas sociedades, y no llegarán a ser un problema local si están claros los pasos que conducen hacia una transición ordenada, que no nos vuelva a guardar en la cueva otros 30 días. 

El control social, también asiático en su expresión más roja, pero norteamericano en su modelo de amabilidad tech capitalista, no parecen ser el camino que Argentina es capaz de seguir. Sea por su tradición en políticas de Derechos Humanos, o por los riesgos que supone ejecutar este tipo de control con fuerzas de seguridad  que se autogobiernan, los riesgos son enormes. El camino parece ser por el medio, y lejos de la alegría brasileña y su presidente “tudo bom”. Ese camino tiene sus riesgos. Su épica está hoy planteada desde el gobierno con una estrategia de la construcción de un nuevo ser nacional que sea capaz de superar la grieta política. Un eslabón único que nos permita unirnos como sociedad para ganarle a la muerte. Una especie de solidaridad, pero sin controles. Una nueva comunidad organizada

Supón

Hay algunos problemas en la traducción del escenario global al plano local. Mientras en el mundo occidental el problema es la vida aquí la epidemia evidencia el conflicto social sobre el cual emerge.

La clase media ha sido la plataforma central de Cambiemos y voz del sentido común de los medios de comunicación y las redes sociales desde hace por lo menos 10 años. Ni el kirchnerismo en el enfrentamiento, ni el Frente de Todos en versión soft han podido articular o disputar sentido con este sector. Bajo el hashtag Indignados coexiste un amplio segmento de la población de la tierra media que no logra vislumbrar los efectos devastadores del coronavirus. El cacerolazo del 30 de marzo y sus réplicas posteriores en formatos de mensajes en redes sociales o carteles en ascensores evidencian algunas cosas para prestar atención: los indignados no están dispuestos a soportar pérdidas patrimoniales y pretenden que el recorte lo haga la política; no quieren compartir asistencia médica con sectores populares porque para eso pagan una cobertura privada; quieren lejos a los trabajadores de la sanidad por temor a contagiarse. Si el Papa Francisco nos dice que estamos todos en el mismo barco, muchos sectores de la clase media urbana responderán que sí, pero que ellos pagaron Primera y que los botes salvavidas les pertenecen.

Los efectos provocados en la economía por la pandemia encuentran en este amplio y diverso sector social el principal foco de resistencia a la conducción presidencial. Resistencia que se explica por características ontológicas, aspiracionales pero también porque la batería de medidas de mitigación de los efectos de la crisis económica no logran entrar en el núcleo duro de la clase media, que deberá acostumbrarse a lo que viene aunque no les guste o tapen el sol con la mano. 

Pero aquí no estamos organizando la zozobra sino manteniendo el barco a flote. Y la lentitud del gobierno en generar políticas efectivas y efectistas para este sector en medio de la pandemia puede ser un foco de conflicto difícil de controlar si no puede interpelarlo. Y es con medidas pero también con discurso. Puede ser temprano para aventurar, pero debería achatarse también la curva de demandas de la clase media si no se quiere ver fracasar por otra vía la contención del coronavirus. 

Recuperar la iniciativa del estado con los sectores medios puede comenzar por repensar las ciudades: ¿Es posible pensar en “grandes manzanas”, como soñaron los urbanistas catalanes hace unos años? Espacios formados por bloques de manzanas en donde se buscaba que quienes allí viven puedan trabajar, hacer las compras, estudiar y llevar a los hijos al colegio. Este modelo, pensado para una ciudad en condiciones que no sean de emergencia sanitaria, también presenta una oportunidad para desatomizar y desfragmentar el disco duro de nuestro núcleo urbano. 

El otro punto de conflicto sobre el que se expande el virus es el crecimiento de la pobreza: hambre, desempleo, falta de vivienda y acceso a los servicios públicos por parte de una población cada vez mayor. Punto sobre el que ya estaba trabajando el Estado argentino ahorrando en políticas públicas específicas, porque la prioridad era la reconstrucción del tejido social más despedazado. En esta nueva realidad y con las cuentas nacionales en ultravioleta punto rojo, los comercios, restaurantes y pymes al borde de bajar las persianas o despedir personal, el verdadero desafío vendrá cuando se intente implementar alguna política pública efectiva para reactivar en serio la economía, ya fuera de la dicotomía épica de la elección entre la vida y el bolsillo. Alberto Fernández tiene la posibilidad de ganar primero la batalla por la vida, para después trabajar -sin pestañar- en la lucha por la dignidad y la reactivación económica. 

Y es allí que resultará central recuperar la presencia del Estado y el rol de la organización política. Una vía posible de desarrollo territorial puede darse a través de la legitimidad que tienen los médicos en el imaginario colectivo. Esos grandes héroes de esta tragedia a quienes aplaudimos todos los días, a la misma hora. 


El rol de los médicos en esa nueva construcción puede ser clave. Argentina tiene una tradición sanitarista de las mejores de Latinoamérica. Tiene un sistema de salud –fragmentado- pero con núcleos con capacidad de absorber una gran demanda. Tiene una formación de profesionales en una universidad rankeada como de las mejores del mundo. Tiene grandes maestros, premios Nobel, Carrillos y Favaloros.

Con ese bagaje, no parece utópico poder pensar el resultado de la post-crisis con un sistema de militancia sanitaria permanente en los barrios populares. La gran imagen positiva de médicos y médicas en el imaginario popular propone un escenario de contención social en las villas que no sea exclusivamente ligado a la iglesia como institución central. Desde la formación del movimiento de sacerdotes tercermundistas, con la consolidación posterior del gran trabajo que hacen algunos curas villeros, que no se presenta una oportunidad de este tipo. ¿Podría este (¿nuevo?) post-peronismo formar a una generación de médicos post-coronavirus que puedan complementar desde el Estado toda la tarea de organizaciones eclesiásticas y comunitarias? 

La gran imagen positiva de Alberto Fernández, -ex líder de los grises y hoy líder supremo-, abre más la posibilidad de articular un modelo de este tipo. Un camino que no sólo contiene la excepción sino que parece sentar las bases para el futuro próximo. Esa construcción política podría complementar el esfuerzo de la militancia juvenil (y ya no tanto) kirchnerista ortodoxa, que encontró muchas dificultades para consolidarse en los sectores más populares de forma sostenida y tuvo que ceder espacio a los movimientos sociales, cuyos integrantes, al igual que los curas, también viven ahí. 

Atender y resolver estos dos escenarios es uno de los desafíos políticos más importantes del gobierno y de toda la política en el último tiempo. Sectores medios que se ven representados por valores individuales más que colectivos, que se miran en el espejo de Europa y Estados Unidos y que descreen, en su mayoría, de la política. Y sectores populares que no paran de ser cada día más pobres y necesitan del Estado. Bajo los efectos del coronavirus, el Albertismo, si es que eso existe, deberá construir la epopeya de la unidad nacional consolidando la base popular del peronismo suburbano pero, al mismo tiempo, llevando un nuevo mensaje de reconciliación a las ciudades. 

Instant Karma era mejor canción. Es con todos. 

Francisco Capurro Robles 

Investigador y consultor en comunicación política y opinión pública. 

Matías Blasco

Investigador, consultor y asesor en temas de comunicación estratégica y gestión cultural. 

3 comentarios

  1. Marina dice:

    Excelente reflexion…dificil tarea….

  2. Marta dice:

    Muy buen informe y reflexion

  3. Beatriz Di Benedetto dice:

    De acuerdo en el análisis de la situación.

    Tarea difícil de lograr, pero el punto del comienzo puede ser esta situación tan inesperada y atípica.

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